martes, 16 de diciembre de 2008

golondrina

La dignidad del hombre termina donde comienzan esas piernas. Al menos, ese es mi límite: un par de danzantes zapatos rojos, que brillan sobre la tarima con cada disparo de luz. Te vi allí arriba, tan arriba y tan vos, tan castaña y tan Belgrano, que después de esa imagen ya no pude bajarte del virtual pedestal en el que te subiste desde que te conocí. Uffff. Y baja nomás tu alegría de la tarima, primero tu perfume y después vos misma, y ambos me abrazaron en un gesto único, con inexplicable euforia y pronunciando mi nombre con felicidad exacerbada, y mis ojos y yo que no podemos más de quererte, de quedarnos en ese cuerpo golondrina, cuerpo que viaja, pasea, emigra, se pierde. Vaya uno a saber qué buscás esta noche: en plena ronda de alcoholes varios, de gira por las barras y coronando parlantes que revientan de cumbia. Yo creo que hasta nos quisimos. Es decir, no nos quisimos, queda claro, pero entiendo que hubo aunque sea un mínimo esfuerzo -mínimo, muy mínimo, casi molecular- por demostrarle al otro que si querés, no sé, podríamos volver a encontrarnos.
Y así fue.-
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(imagen extraída de aquí)

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